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Boko Haram, el grupo terrorista que secuestró a más de 200 jóvenes en Nigeria


Ramiro Escobar La Cruz
PUBLICADO: HACE 3 HORAS
Algunas querían ser médicos, otras abogadas, sociólogas, profesoras. O periodistas. Pero desde que en la tenebrosa noche del 14 de abril fueron secuestradas por Boko Haram, el comando sangriento que asola Nigeria, la vida de estas jóvenes se truncó, sufrió una fractura moral que les costará superar, si es que, como buena parte del mundo espera, son liberadas.
Ya las jóvenes de entre 17 y 18 años que lograron escapar han quedado con una imborrable huella. Tal como le ocurre a Debora Sanya, una muchacha que, en medio de angustias, le contó a The New Yorker algunas incidencias de su huida, en compañía de dos chicas más. Lo hicieron corriendo, en medio de la noche y envueltas en la desesperación.
Una horda mesiánica
La impronta de este comando islamista, ultra fanático, que incluso ha sido criticado por huestes de Al Qaeda, comienza a sentirse en Nigeria, así como en Camerún, Benin y Níger. Se trata de un colectivo de hombres armados, conducidos por Abubakar Shekau, un líder mesiánico que tendría unos 40 años y, por supuesto, escasísima compasión.
Reemplazó en el 2009 a Mohamed Yusuf, el fundador de Boko Haram, luego de que este fuera victimado por el ejército nigeriano. A diferencia de su antecesor, que se enfrentaba más a las fuerzas del orden, no tiene piedad con la población civil, a la que ataca con una maldad indiscriminada e indigna de cualquier credo.
Su última fechoría, perpetrada el 5 de mayo, consistió en emprenderla contra Gamboru Ngala, un pueblo del noreste de Nigeria, donde sus hordas dejaron más de 300 muertos. Pero es el secuestro de adolescentes y jóvenes (de preferencia mujeres), su nueva táctica despiadada, la que lo ha puesto ahora en la escena mediática y política global.
Según declaró Shekahu en un video reciente, donde expone sus amenazas, lo hace en represalia por el maltrato que las mujeres de miembros de su grupo habrían sufrido por parte de las fuerzas del orden. La lógica del ojo por ojo se ha instalado en la zona, en parte por los abusos que también cometen los soldados nigerianos, pero hay algo más.
Mercados infames
El jefe islamista ha insinuado que algunas de las más de 200 jóvenes serían vendidas a quienes las quieran comprar. Y que otras se quedarían con los integrantes de Boko Haram, para servirles de esposas, léase esclavas sexuales. En suma, que, para liberarlas del ‘pecado occidental’, tomarían esa ruta de cruel sometimiento.
Un exmiembro de la secta sanguinaria, contactado por el diario catalán El Periódico, ha dado una versión que confirmaría esa advertencia siniestra. De acuerdo con este sujeto, existe un mercado de esclavas en África, la casuamata, donde se venden mujeres a compradores de varios países y donde la virginidad es un bien valorado de manera macabra.
Tal como reporta el mismo matutino, detrás merodea la trata de personas. La ONU, vía un informe sobre el crimen organizado, sostiene que son unas 5,000 las jóvenes africanas presas de este tráfico inhumano, de las cuales el 80% sufren violencia sexual. Otras terminan, por la fuerza, en el servicio doméstico, sin ilusión ni derechos.
Las jóvenes de Chibok (así se llama el pueblo del secuestro) tendrían uno de esos porvenires de pesadilla, si es que no vuelven a sus casas, como se clama en varias partes del planeta. No es, por cruel añadidura, el único frente africano por el que se produce una sangría juvenil que tiene gravísimas consecuencias personales y sociales.
Otras locuras
Una de las especialidades de Joseph Kony, el jefe del Ejército de Resistencia del Señor, que actúa sobre todo en Uganda –y que motivó una gran campaña mediática global en el 2012–, también es el secuestro de adolescentes. En los últimos 20 años se habría llevado a unos 5,000, para involucrarlos en un enfrentamiento desquiciado.
Este grupo, que se llama cristiano, lleva 20 años en escena; en tanto que Boko Haram, islámico, va a cumplir 10. Más allá de las locas exégesis hechas por sus fundadores, lo cierto es que están sembrando el mundo de una desolación irredenta, que apunta contra los y las más vulnerables entre los vulnerables. Que no tiene el perdón de cielo alguno.

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